La vida a veces frena
cuando no puede acompañar el ritmo
Parar no siempre es rendirse,
a veces es reajustar
Hay momentos en los que todo parece avanzar.
Planes en marcha.
Decisiones tomadas.
Ganas de seguir.
Y aun así, algo se detiene.
No siempre es interno.
No siempre es una duda.
A veces la vida misma corta el paso.
Un cuerpo que no responde.
Un contexto que se cae.
Una circunstancia que obliga a parar.
Eso suele vivirse como injusto.
Como un freno absurdo.
Sobre todo cuando la intención es avanzar.
Pero muchas veces ese parón no llega por azar,
sino porque el ritmo elegido ya no puede sostenerse.
No es un castigo.
Es una corrección de trayectoria.
Cuando se intenta seguir a pesar del freno,
la tensión aumenta.
Y aparecen bloqueos internos,
como los que surgen en ciertos cambios
que no terminan de atravesarse.
O se intenta forzar decisiones,
aunque aún no haya base,
como ocurre en algunos bloqueos al elegir.
Parar no siempre significa retroceder.
A veces es la única forma de realinear
lo que va por delante con lo que va por dentro.
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