Hay ocasiones
en las que el cuerpo regula mejor que la mente
Cuando pensar ya no alcanza,
algo más básico toma el relevo
Durante mucho tiempo, la mente funciona.
Analiza.
Entiende.
Busca soluciones.
Y suele bastar.
Pero hay etapas en las que pensar deja de regular.
No porque falte inteligencia.
Ni porque algo esté mal hecho.
Sino porque la carga supera lo que la mente puede sostener sola.
En esos momentos, el cuerpo empieza a hacer algo distinto.
No explica.
No argumenta.
Regula.
Reduce el ritmo.
Genera tensión o cansancio.
Pide descanso, espacio o límite.
No como una estrategia consciente,
sino como una respuesta básica de equilibrio.
Eso suele desconcertar.
Porque la mente aún quiere resolver.
Y cuando no puede,
tiende a insistir,
como ya ocurre cuando pensar no deja de girar.
O intenta recuperar control
desde el esfuerzo,
como en ciertos intentos de control mental.
Pero el cuerpo no entra para fastidiar el proceso.
Entra cuando hace falta bajar a otro nivel.
No para explicar lo que pasa,
si no para que el sistema no se desborde.
En esas etapas, escuchar al cuerpo
no es rendirse.
Es reconocer que el centro ha cambiado.